¿Cómo afectan las nuevas tecnologías a nuestro cerebro?

Trabajamos en el ordenador mientras miramos televisión, y estamos pendientes de las redes sociales y las alertas del móvil. ¿Hasta qué punto nuestro cerebro está capacitado para la multitarea?

 

FACUNDO MANES 28 DIC 2015 – 16:34 CET

Como una ráfaga, el mundo ha cambiado en las últimas décadas de manera impactante. Las nuevas tecnologías nos permiten la comunicación instantánea, un acceso inusitado a la información, la simplificación de muchas tareas que antes nos llevaban muchísimo esfuerzo, la posibilidad de vivir más y mejor. Sobre esta realidad y estos favores no existen reparos sino más bien elogios y aprovechamientos. Lo que debemos decir también es que esta posibilidad de vida nos puede generar, a su vez, cierto impacto disfuncional, impulsado por la exigencia a realizar diversas acciones al mismo tiempo. Es habitual, hoy, estar trabajando en la computadora mientras miramos televisión o escuchamos música, y estamos pendientes de las redes sociales, los mensajes de texto, correos electrónicos o alertas de noticia en el celular. ¿Hasta qué punto nuestro cerebro está capacitado para sostener las tareas múltiples que las nuevas tecnologías promueven?

El cerebro es, como cualquier sistema de procesamiento de información, un dispositivo con capacidades limitadas, sobre todo en la de procesar una cantidad de información por unidad de tiempo en el presente. Así, nuestro cerebro tiene dos cuellos de botella: uno es la atención (cuando tenemos dos fuentes de información suficientemente complejas, la eficiencia de una decae como consecuencia de la otra); y la otra, la llamada “memoria de trabajo” (el espacio mental en que retenemos la información hasta hacer algo con ella). Esta memoria tiene una capacidad finita en los seres humanos y es extremadamente susceptible a las interferencias. Cuando se intenta llevar a cabo dos tareas demandantes al mismo tiempo, la información se cruza y se producen muchos errores.

Nuestro cerebro tiene dos ‘cuellos de botella’: la atención y la llamada “memoria de trabajo”

Muchas veces se plantea que la multitarea (multitasking) podría ser beneficiosa para entrenar nuestra capacidad para el paso rápido y eficiente entre actividades. Sin embargo, existe evidencia científica de que las personas que funcionan con esa modalidad se dispersan más cuando pasan de una a otra. Contrariamente a lo que uno podría imaginar, son más propensos a quedarse pegados a estímulos irrelevantes y, por lo tanto, a distraerse fácilmente. Por otra parte, suelen sobrevalorar su capacidad para hacer multitasking, lo que impacta en una menor concentración sobre cada elemento y en el pasaje. Participantes de una investigación que refirieron hacer muchas cosas a la vez fueron los que, paradójicamente, peor rindieron en pruebas de multitarea.

En un estudio realizado en la Universidad de California en Los Ángeles (UCLA), se les mostraron a estudiantes unas tarjetas con símbolos y se les pidió que hicieran predicciones basándose en patrones que habían reconocido previamente. La mitad tenían que realizar esto en un ambiente de multitarea, mientras escuchaban altos y bajos tonos y tenían que contar las señales acústicas elevadas. Sorprendentemente, ambos grupos fueron igual de competentes. Pero cuando empezaron a hacer preguntas más abstractas sobre esos patrones, el costo cognitivo de las multitareas fue evidente. Cuando estamos en una reunión, en una conferencia o viendo una película en casa y, al mismo tiempo, mandamos emails y mensajes de texto desde nuestro teléfono, creemos que podemos seguir en profundidad lo que se dice y sucede en el entorno, pero esto, la mayoría de las veces, es solo una ilusión. Por el contrario, nos estamos perdiendo mucho. Desde el punto de vista del funcionamiento cerebral, estamos capacitados para realizar muchas tareas, por supuesto, pero debemos focalizarnos en hacer una de estas por vez. Tener muchas cosas para hacer y hacerlas una por vez (que es lo recomendable) no es lo mismo que intentar hacer varias cosas al mismo tiempo. La multitarea tiene un costo cognitivo.

Las personas que practican la multitarea son más propensas a ‘quedarse pegadas’ a estímulos irrelevantes y, por lo tanto, a distraerse fácilmente

La mala administración de la atención no solo genera improductividad, ansiedad y estrés, sino que puede traer también riesgos letales. En un estudio de la Universidad de Utah, los psicólogos David Strayer y Jason Watson señalaron que la posibilidad de un accidente automovilístico puede ser tan alto para aquellos que, mientras conducen, hablan por teléfono o mandan mensajes de texto como para conductores que habían tomado más alcohol del permitido por la ley.

Los conductores que usan celular tienen reacciones más lentas, respetan menos su carril, mantienen menor distancia entre los autos y pasan más semáforos en rojo. Estas personas, en comparación con los que no usan el teléfono cuando manejan, detectan menos de la mitad de los detalles y situaciones que se les presentan, lo que produce ceguera atencional. La distracción se da también cuando se habla con “manos libres” o en alta voz. En otros estudios en los que usaron un mecanismo para realizar el seguimiento ocular, revelaron la existencia de una ceguera parcial a estímulos importantes en los conductores que hablaban por teléfono: estos solo detectaban la mitad de los estímulos que estaban justo delante de ellos y tenían un tiempo de reacción más lento a las luces de freno del auto de adelante.

Desde el punto de vista del funcionamiento cerebral, estamos capacitados para realizar muchas tareas pero debemos focalizarnos en hacer una de estas por vez

Chequear correos electrónicos o notificaciones de redes sociales puede provocar entusiasmo, pero también cierta dependencia. Existe un consenso entre especialistas en el que la eficacia del manejo del tiempo obedece a cierta organización y rutina. La clave está en poner un filtro entre tareas importantes y ociosas. Para descansar, es mejor salir a caminar, respirar profundo, cambiar de actividad o hacer una tarea menos demandante. Además de volvernos eficientes en lo inmediato, estas actividades alternativas pueden, al retomar la tarea inicial, traer ideas o aproximaciones novedosas que mejoren el largo plazo.

El estudio del impacto de las nuevas tecnologías especialmente en niños y adolescentes es un desafío que las neurociencias están abordando. Como sabemos, el cerebro sigue desarrollándose hasta la segunda década de vida. El lóbulo frontal, que contiene circuitos claves para habilidades cognitivas de alto orden como el juicio, el control ejecutivo y la regulación emocional, es de las últimas áreas en desarrollarse de forma completa. Durante este período, el cerebro es sumamente adaptativo e influenciable por el ambiente. Decimos entonces que la tecnología suele ser buena para los procesos cognitivos de los niños si se usa con buen juicio, pero que el problema es que el buen juicio y el autocontrol se encuentran entre las habilidades en desarrollo, por lo cual son los adultos quienes deben ejercerlo cuando estos usos se transforman en excesivos. Como padres, es necesario detenerse a pensar qué sucede con el estímulo de habilidades sociales como la empatía, la compasión y la inteligencia emocional en nuestros hijos (y en nosotros también) cuando la mayor parte de las interacciones se dan de manera virtual, en detrimento de la comunicación cara a cara.

Cuando se intenta llevar a cabo dos tareas demandantes al mismo tiempo, la información se cruza y se producen muchos errores

A diferencia de otras revoluciones tecnológicas, la de la “tecnología social” implica nunca estar solos y nunca estar aburridos. La socióloga Sherry Turkle del MIT describe esto como “la intolerancia a la soledad”. Esto implica estar desatentos a las personas que tenemos alrededor para conectarnos con el mundo virtual. Turkle considera que esto quita la oportunidad de aprender a mantener conversaciones, a poder tener un momento de introspección sin un artefacto electrónico y sin que eso genere ansiedad. Según la socióloga, esta tecnología, que nos ofrece la posibilidad de no aburrirnos nunca, puede hacernos menos tolerantes a establecer relaciones duraderas.

El estudio del impacto de las nuevas tecnologías, especialmente en niños y adolescentes, es un desafío que las neurociencias están abordando

Una última reflexión sobre todo esto, pero fundamentalmente sobre cierta valoración positiva de la tarea focalizada y la capacidad de introspección: son famosas las anécdotas de escritores como Franz Kafka que produjeron algunas de sus obras más célebres de corrido y en un puñado intenso de tiempo. De ese deseo de momentos imperturbables le hablaba en una de sus cartas a su amada Felice: “Escribir significa abrirse por completo… Por eso nunca puede uno estar lo suficientemente solo cuando escribe; por eso nunca puede uno estar rodeado del suficiente silencio cuando escribe, y hasta la noche resulta poco nocturna.” ¿A alguien se le ocurre mayor plenitud personal y favor a los demás que la sola tarea de estar escribiendo esas maravillas?

Facundo Manes es neurólogo y neurocientífico (PhD in Sciences, Cambridge University). Es presidente de la World Federation of Neurology Research Group on Aphasia, Dementia and Cognitive Disorders y Profesor de Neurología y Neurociencias Cognitivas en la Universidad Favaloro (Argentina), University of California, San Francisco, University of South Carolina (USA), Macquarie University (Australia).

http://elpais.com/elpais/2015/12/21/ciencia/1450693458_718084.html

 

 

 

Sobre bebés tecnológicos

bebe-tecnologico-La-Vanguardia (aquí el pdf del artículo al que se refiere que también hay que trabajar).

Celeste López, de La Vanguardia, me llamó por teléfono ayer para comentar los resultados de un estudio publicado por Pediatrics en el que se cuestiona la idoneidad del uso de dispositivos como forma de entretenimiento para niños, y hoy me cita brevemente en su artículo titulado “Sin certezas sobre el bebé tecnológico” (pdf).

Con este tipo de estudios siempre suele pasar lo mismo, y en ese sentido me pareció positivo el tono crítico y equilibrado que Celeste ha dado a su artículo: se toma un estudio que pone en duda la idoneidad de usar los dispositivos como “apaganiños”, y se tiende a generalizar hasta pretender afirmar que esos dispositivos son de alguna manera perjudiciales para los niños. Al final, se tiende a convertir esos estudios en una especie de arma para tecnófobos, que ven sus temores supuestamente refrendados y alejan a los niños de un aprendizaje que sin duda representa una ventaja de cara a la adaptación al entorno en el que van a vivir en el futuro.

No tengo absolutamente ninguna duda de que todos los juegos interactivos con pantalla, teclado y ratón con los que me hija se pasó horas jugando entre los dos y los seis años jugaron un papel importante en su educación y en el desarrollo de sus habilidades. Por supuesto, si hubiese utilizado ese ordenador como “apaganiños” o como “baby sitter”, habría cometido un error: todas las herramientas pueden ser buenas o malas en función de cómo sean utilizadas. Como padres, tratamos en todo momento de que nuestra hija tuviese acceso y familiaridad con cualquier tecnología que aterrizase en casa, y jamás nos hemos arrepentido de ello. Pero además, hay que marcar una cierta precaución en estos temas en función de la velocidad de su evolución: estamos intentando evaluar la idoneidad del uso de estos dispositivos cuando una buena parte del entorno de los niños no se encuentra aún completamente adaptado a su aprovechamiento, lo que genera una disfunción que genera problemas aparentes, pero que en realidad no tienen por qué serlo. Prefiero niños adaptados al uso de la tecnología aunque generen algunos problemas de adaptación en su entorno, que niños alejados de esos dispositivos y privados de su uso en un momento fundamental de su desarrollo.

http://www.enriquedans.com/2015/02/sobre-bebes-tecnologicos.html

 

 

Cómo se expone una chica cuando se une a una red social

En las redes sociales se dan situaciones que ponen en peligro la libertad y la privacidad de las usuarias (y también usuarios), además de dejarles en una situación de vulnerabilidad

Repasamos algunos casos reales y las opciones legales que reflejan esta realidad

En España se ha lanzado recientemente Muapp, un Tinder dirigido más expresamente al público femenino

Belén RemachaSeguir a @ciudadanabe

21/01/2016 – 19:00h

El pasado jueves, la aplicación Stolen anunciaba su cierre después de muchas quejas. Stolen “traficaba” con cuentas de Twitter, sin que fuera necesario el consentimiento de sus usuarios. Es decir, a cambio de dinero virtual perteneciente a su propia aplicación, los perfiles eran subastados con un sistema de oferta-demanda. La aplicación tenía cada vez más usuarios, y cada vez más críticas.

Es la última y más evidente muestra de la vulnerabilidad a la que nos sometemos cuando decidimos unirnos a una red social. En todos los aspectos. Otro mundo aparte son las aplicaciones para encontrar pareja (o encuentros ocasionales) como Tinder, Adopta un tío, Badoo, Lovo, Happen, etc. que, por su propia naturaleza, son especialmente propensas a los trolls, perfiles falsos, suplantaciones o directamente, acoso.

Marta Nicolás y Lucía Chávarri se dieron cuenta de que el uso que hacían las mujeres y el que hacían los hombres de este tipo de aplicaciones era muy diferente. En Tinder, de hecho, sólo el 35% de usuarios son mujeres. Buscando una alternativa dirigida a ellas crearon Muapp, una aplicación que da más confianza.

En Muapp, las usuarias deciden quién puede entrar, y hay canales para denunciar los comportamientos poco apropiados. Ese filtro implica, por ejemplo, que no se admiten perfiles sin fotos o sin vinculación a Facebook. De esta manera es más probable que sean personas reales y localizables.

 

Hasta en Wallapop

Una buena iniciativa, aunque no es en este tipo de redes donde muchas usuarias se han encontrado problemas. Curiosamente, el acoso es más habitual en aplicaciones diseñadas para fines ajenos a la búsqueda de pareja. Elena dice que es, a su pesar, “veterana en lidiar con este fenómeno” de “acoso” en redes.

“Cuando me abrí la cuenta de fotolog y empecé a subir fotos, collages, etc. Me llegaron a dejar mensajes anónimos del estilo ‘hoy te vi en la línea 17 del bus, ibas muy guapa con tus coletitas’. Yo tenía 13 años”. Continúa: “cuando cambiamos a la era MySpace me llegaron a hackear mi perfil para cambiarme el nombre a ‘esta puta es de Raúl’. Últimamente lo que más recibo son fotos de penes y mensajes acosadores vía Instagram, se ve que es la nueva moda”.

“Lo peor es la sensación de vergüenza al contarlo, del tipo ‘van a pensar que soy una creída’. Tengo una amiga a la que también le pasa y me acuerdo de que una vez me dijeron ‘pues ya se puede dar con un canto en los dientes, que está gorda’. Es decir, al final parece que a no ser que seas una supermodelo quejarte de esto se ve como un síntoma de vanidad”, se lamenta Elena.

De hecho, recientemente ha vivido otro fenómeno al haber recibido proposiciones relacionadas con el BDSM por simplemente haberle dado like a una página de fotos artísticas sobre porno de los años 30. A Elena, incluso, le ha pasado en Wallapop, una red social para comprar y vender objetos de segunda mano. En esos momentos “me sentí mal por haberme puesto la foto que tenía, con escotazo, y la borré”.

 

Amparo legal

La reciente reforma del Código Penal recoge un delito específico en el artículo 172 para quien acosa a alguien “de manera insistente y reiterada” y “alterando gravemente el desarrollo de su vida”. Esto incluye conductas como vigilar, perseguir y buscar su cercanía física, hacer uso indebido de sus datos personales, atentar contra su libertad o su patrimonio, o establecer contacto con la persona a través de cualquier medio de comunicación. Es decir, incluye el acoso en redes sociales.

El abogado Alfredo Herranz Asín señala en su blog que la redacción de esta nueva tipificación genera problemas, ya que no indica qué conductas son sancionables “sobre todo porque, para determinar si hay delito o no, habrá de atender necesariamente a que se altere gravemente el desarrollo de la vida cotidiana de la víctima, y habrá que ver qué conductas encajan ahí o cómo se prueba esa alteración”.

Además, muchas de estas persecuciones no llegan a la categoría de acoso pero sí que terminan en situaciones incómodas en las que la persona se ve obligada a borrarse o limitar sus contenidos en la red social. Lo que significa que coartan su libertad.

e hay otros cauces para denunciar esa conducta, “lo puede poner en conocimiento de los poderes públicos”.

La  Ley Orgánica de Protección de Datos está vigente desde 1999. Es inminente un nuevo marco normativo de protección de datos a nivel europeo, que se aplicará inmediatamente a todos los países de la Unión Euopea. El anterior data de 1995. Y es que, según informan las mismas fuentes, “no sería operativo un texto legal que hable de tecnologías concretas, ambas normas tratan de dar respuesta a tratamientos ilegítimos de protección de datos, sean desde el servicio que sean”. Aunque sí que parece haberse considerado que “aunque responda a todas las necesidades, hay actualmente un nuevo contexto de nuevas tecnologías que se actualiza”.

 

Otros casos

En Tinder, cualquier usuario (sea hombre o mujer) puede decidir quién le puede hablar y quién no haciéndole un ‘match’ (diciendo que le gusta su perfil). Pero el hecho de aparecer en esa red social ya nos hace, en muchos casos, estar expuestos en otros lugares, tanto virtuales como físicos. Otro testimonio en este sentido es el de Carme. Ella cuenta que, a veces, algunos chicos “me han mandado privados por Instagram porque no les hacía ‘match’ en Tinder”.

Otros casos más extraños: “Hubo un chico con el que hablé un rato por Tinder también, típicas preguntas de qué tal y qué haces con tu vida. Me olvidé de él y unos días después me siguió en IG y me mandó un privado por Facebook para quedar. Le dije que no, me rallé, lo bloqueé y me siguió en Twitter, que no lo uso nunca”.

Laia, también usuaria, cuenta otra historia que trascendió las apps de ligoteo. “Un chico se obsesionó por Badoo, pero decidí no contestarle. No ponía mi nombre en mi perfil, y a los días me volvió a abrir conversación amenazándome con que sabía mi nombre. Es más, me llegó una solicitud de amistad vía Facebook e Instagram”.

Y es que Instagram, la red social de los filtros de fotos, te permite enviar mensajes privados sin que la otra persona te haya aceptado. Carme reflexiona sobre ello: “muchas veces no sé cómo actuar. Pienso en si debería ponerme el perfil privado y no dejar que nadie me mande mensajes”.

De sobra es conocido el caso Ashley Madison, que puso tanto a hombres como a mujeres en situaciones de peligro para su integridad física al sacar a la luz su uso de la red social de la infidelidad en países donde la homosexualidad o el adulterio están prohibidos. No fue una situación de acoso, pero sí otra muestra de hasta qué punto nos convertimos en vulnerables y ponemos en peligro nuestra intimidad en el momento en el que decidimos unirnos a una red social.

http://www.eldiario.es/cultura/tecnologia/expone-chica-une-red-social_0_475252837.html

 

 

Mitos y realidades de las tendencias tecnológicas del pasado

Propios y extraños de las corrientes retrofuturistas reivindican un imaginario que a veces se concretó en el mundo real y otras veces no

JOSÉ ÁNGEL PLAZA

18 ENE 2016 – 13:45 CET

 

Charles P. Conrad, astronauta de la tripulación de la misión espacial Apollo 12, caminando por la superficie de la luna en 1969. ap

El fascinante futuro que nos prometieron a finales del siglo XIX se da de bruces con los límites de la realidad. Propios y extraños de las corrientes retrofuturistas reivindican a golpe de nostalgia un imaginario colectivo que a veces se materializó en el mundo real y otras se quedó en las páginas escritas por Julio Verne y H. G. Wells. Bienvenidos a los futuros que nunca fueron (o sí).

EL PUNTO JONBAR

Todas las corrientes retrofuturistas cuentan con un Punto Jonbar, es decir, un momento concreto en el que se desmarcan de la realidad histórica e imaginan un futuro alternativo que jamás existió. Si ese hito tiene un componente tecnológico, los principales movimientos que encontramos son los siguientes:

Steampunk: Sus tramas se desarrollan en universos paralelos, normalmente, durante la segunda mitad del siglo XIX, en los que la tecnología a vapor sigue siendo la predominante. Una película de este género es Will Will West (1999), donde aparecen máquinas voladoras, arañas mecánicas gigantes y tanques impulsados por esta energía.

Dieselpunk: ¿Y si los desarrollos del periodo de entreguerras hubiesen determinado todos los avances futuros? Este es el Punto Jonbar del Dieselpunk, cuyo imaginario se basa en inventos propulsados por gasolina y gasóleo. Mad Max (1979) nos sitúa en un futuro apocalíptico en el que los bienes más preciados continúan siendo estos combustibles.

Atompunk: El momento que separa realidad y ficción se encuentra entre 1945 y 1965, periodo que incluye la fascinación mundial por dos eras, la atómica y la espacial. Uno de los máximos exponentes es la saga de videojuegos Fallout (1997, primera entrega), ambientada en unos hipotéticos siglos XXII y XXIII devastados por una guerra nuclear.

Bitpunk: Los primeros pasos de la informática moderna constituyen el origen de las tramas del bitpunk. Por ejemplo, el videojuego Far Cry 3: Blood Dragon, lanzado en 2013, nos ubica en un “distópico” 2007 en el que nuestra misión es salvar el mundo tomando el control de un súper soldado cibernético.

Es justo lo que faltaba para espolear la ola retrofuturista que parece envolvernos: el efecto 2038. Si nadie llama a la calma, tenemos por delante unos 20 años en los que el mundo se llenará de titulares apocalípticos que anunciarán que el 19 de enero de 2038 muchos programas informáticos viajarán en el tiempo hasta el 13 de diciembre de 1901, con todo lo que eso conlleva. ¿Seremos testigos esta vez de la rebelión de los electrodomésticos, al más puro estilo de Alaska y los Pegamoides? ¿O todo se quedará en un bluf como pasó con el temido efecto 2000?

Sea como fuere, si esa regresión digital afectase a todos los ámbitos de la realidad, sería el sueño de los defensores de las expresiones artísticas que se inspiran en los futuros imaginados hace décadas y que jamás llegaron a cumplirse. Ante ellos, se abriría una oportunidad para convertir en realidad todas esas recreaciones de lo que pudo haber sido si la tecnología, en un determinado momento, hubiese tomado unos derroteros distintos de los que conocemos. Por cierto, algunas de esas obras plasmadas en novelas, cómics, series de televisión y películas están ambientadas en sociedades “distópicas” en las que las máquinas han vencido al hombre (aquí es donde regresa a nuestra mente lo del efecto 2038).

Pero el interés por saber más sobre esas épocas en las que se pensaba que con la tecnología se podría conseguir todo no es algo exclusivo de los retrofuturistas. Prueba de ello es que en 2015 la tercera exposición más visitada en España, tan solo por detrás de sendas muestras en el Museo del Prado y el Museo Thyssen-Bornemisza, fue Nikola Tesla: suyo es el futuro, un viaje por la vida y trabajos de este inventor norteamericano de origen serbio que vivió entre 1856 y 1943 y cuyos descubrimientos, inventos, aportaciones y vaticinios permitieron el desarrollo de la actual civilización eléctrica. La muestra fue visitada por 200.000 personas, una cifra que superó las expectativas más optimistas de sus propios comisarios, María Santoyo y Miguel Ángel Delgado, quienes también son los responsables de Julio Verne: los límites de la imaginación, que puede verse en el Espacio Fundación Telefónica de Madrid hasta el próximo 21 de febrero.

En palabras de Miguel Ángel Delgado, la nostalgia por esos tiempos quizás tenga que ver con una actual visión asfixiante provocada por la crisis: “Esa sensación de que no hay salida nos hace mirar atrás y tener un interés creciente por la concepción de progreso del siglo XIX”. No en vano, tal y como recuerda María Santoyo, entre 1850 y el inicio de la Primera Guerra Mundial la velocidad de los cambios fue tan vertiginosa que en tan solo una generación el mundo modificó su percepción del tiempo y del espacio. “Tanto Tesla como Verne se dieron cuenta de que la verdadera revolución está en las comunicaciones y en los medios de transporte, en acortar el tiempo y en llegar más rápido a culturas muy distantes, algo en lo que aún estamos inmersos hoy en día con todo lo que ha desatado Internet”, remarca Santoyo.

El hechizo estriba en el poder de transformar a la sociedad gracias a un efecto en la cultura popular

Esa visión global de un mundo interconectado está detrás de la fascinación por algunos inventos a lo largo de la historia, como el telégrafo de Morse (patentado en 1840), que puede considerarse la primera gran aplicación de la electricidad en el campo de las telecomunicaciones. En otras ocasiones, el hechizo estriba en el poder de seducir y transformar a la sociedad gracias a un efecto en la cultura popular o en la vida cotidiana: desde la fotografía, la radio, el cine y la televisión hasta el teléfono o los electrodomésticos. Dicho de otro modo, la auténtica fascinación comienza cuando un invento al que tan solo tenía acceso la comunidad científica o unos pocos privilegiados (léase los adinerados de la época) pasa a tener una aplicación de masas.

En muchas ocasiones, dicha aplicación de masas llega con antelación a través de narraciones fantásticas que ponen a disposición del público lo que podría pasar en un futuro más o menos cercano. Por eso, los mundos imaginados por Julio Verne (1828-1905) y otros autores como H.G. Wells (1866-1946) han servido de inspiración tanto a movimientos retrofuturistas, que han fabulado mundos fascinantes, como a inventores que han conseguido llevar a la práctica lo que en principio solo era ficción. Como dijo el propio Verne, “Todo lo que una persona puede imaginar otros pueden hacerlo realidad”. Aunque en su caso conviene desmitificar esa imagen de genio visionario porque, más que invenciones, la mayoría de sus obras incluyen prospecciones basadas de forma rigurosa en las últimas novedades tecnológicas de su época. “Verne estaba muy bien documentado sobre todos los avances, así que no inventaba desde cero. Es más, hacía gala de que lo que planteaba en sus obras era factible y se cuidaba mucho de introducir esa vuelta de tuerca de más que lo pudiera convertir en una fantasía, algo que reprochaba a Wells”, matiza Miguel Ángel Delgado.

Julio Verne. Los límites de la imaginación

De las páginas de Verne al mundo real

Teniendo en cuenta esa vertiente de divulgador, Verne difundió en forma de aventuras algunas de las tendencias de la época que, tarde o temprano, llegaron al mundo real:

LAS TESIS POLÍTICAS DE WELLS

Si bien es cierto que Verne reconoció siempre la calidad literaria de Wells, también dejó constancia de que no aprobaba su forma de resolver las cuestiones técnicas, mucho más cercana a la ciencia ficción. Por esta misma razón, no resulta extraño que las invenciones descritas por el británico no hayan llegado a materializarse en el mundo real. Por ejemplo, en Los primeros hombres en la Luna, lejos de la obsesión por la verosimilitud del francés, Wells transportaba a los dos protagonistas hasta nuestro satélite gracias a una nave recubierta de “cavorita”, una sustancia imaginaria de propiedades antigravitatorias.

De todos modos, Wells concibió sus obras como una forma de exponer sus tesis políticas, de tal modo que La máquina del tiempo simboliza la lucha de clases; La guerra de los mundos aborda el imperialismo; y El hombre invisible o La isla del doctor Moreau tratan los peligros de tomar la ciencia como religión.

1. Una de las mejores creaciones de Verne es el Nautilus de Veinte mil leguas de viaje submarino (1869). Esta máquina inspiró al español Isaac Peral, que en 1888 botó con éxito el primer prototipo del submarino eléctrico, el Peral.

2. Resulta curioso que a Verne se le identifique con los globos hasta el punto de que muchos lectores los ubican en libros en los que no aparecen, como en La vuelta al mundo en ochenta días (1872). Aunque el autor alabó en Cinco semanas en globo (1863) las posibilidades de los aerostatos, finalmente, pronosticó que la conquista de los cielos se haría con aparatos más pesados que el aire. Esta apuesta por las grandes máquinas como medio de vuelo quedó reflejada en el Albatros de Robur el Conquistador (1886) o el anfibio Espanto de Dueño del mundo (1904).

3. Todos los contemporáneos de Verne soñaban con el viaje a la Luna, que finalmente se hizo realidad en 1969. La relectura de De la Tierra a la Luna (1865) y Alrededor de la Luna (1870) revela asombrosas coincidencias entre la invención del francés y los hechos, como el lugar de partida o el amerizaje que culminaba la misión.

4. A pesar de que Verne la escribió en 1863, París en el siglo XX no se publicó hasta 1994. En esta novela, el autor especula sobre cómo sería el mundo en 1960 y, entre otras cosas, habla de trenes de alta velocidad y de una red de comunicaciones global o “telégrafo fotográfico” que extrapolado a nuestros días se asemeja a Internet.

5. En el relato En el siglo XXIX: Jornada de un periodista americano en el 2889 (1889) —que para muchos no fue escrito por Julio Verne, sino por su hijo Michel—, se habla del “fonotelefoto”, un sistema de comunicación que viene a ser la actual videoconferencia. Quién sabe si dentro de ocho siglos se habrán cumplido otras predicciones de esta narración, que describe un mundo en el que los humanos se han extendido por todo el sistema solar y una vida cotidiana con medios de transporte como aerocoches, aeroómnibus y aerotrenes.

http://tecnologia.elpais.com/tecnologia/2015/12/03/actualidad/1449159570_362598.html

 

 

Niños “movilizados”

07-02-2016 / 23:25 h. 
 ¿Necesita un niño un teléfono móvil? ¿Cuándo hay que decirles que sí?

Quiero un móvil, quiero una cuenta de Instagram, quiero abrirme un perfil de facebook, voy a crearme un grupo de whatsapp. Si tenéis hijos entre los 9 y los 12 años seguro que habéis tenido que enfrentaros a estas peticiones de los niños en algún momento. Y habréis sufrido su vehemencia y alguna que otra pataleta si habéis mostrado algún tipo de oposición.

Esta semana oía la intervención en la radio de una inspectora de policía experta en estos temas, que seguramente algunos de vosotros habéis escuchado también. Entre otras cosas muy interesantes decía que darle un dispositivo móvil de última generación a un niño de menos de 14 años es como darle un coche sin que sepa conducir. También comentaba que con menos de 16 años no deberían de tener whatsapp salvo que se les enseñe a usarlo y el problema de la geolocalización a través de los teléfonos o la pérdida del control sobre información privada en un mundo que no escapa sólo al control de los niños sino que muchas veces se nos queda grande incluso a los propios padres. También son muy conocidas las opiniones sobre el tema del juez de menores Emilio Calatayud. Reconforta encontrarse con que estas personas con criterio y en contacto real con el problema defienden lo que llevo defendiendo desde siempre y por lo que muchas veces me miran como la madre rara que educa niños raros en según que círculos.

Da mucho vértigo pararse a pensar en las  consecuencia del mal uso de un móvil en manos de un niño. Como para todo en esta vida hay que estar preparado y los niños no siempre lo están. Pero sin entrar en los peligros de internet el sentido común a mí me lleva simplemente a preguntarme para que necesita un niño un teléfono móvil. El efecto menos nocivo que se me ocurre es el de un elemento de distracción con un poderoso efecto adictivo. Basta con que cada uno de nosotros, adultos maduros y con control sobre nuestros actos, pensemos en nuestro comportamiento frente a esos dispositivos.

Lo reconozco, soy muy radical con este tema. Ver el efecto que sobre mis hijos tiene el uso de mi teléfono cuando se lo presto, me reafirma en mi convicción de que el móvil es una especie de elemento diabólico-perturbador. Se idiotizan, se aletargan, se enganchan, dejan de hacer otras cosas interesantes, se pelean entre ellos… Vamos que no les aporta nada y teniendo en cuenta que a sus edades no le dan otro uso que el lúdico, sigo sin encontrarle la gracia a que tengan móvil propio. Y eso sin entrar a comentar lo molesto de que de vez en cuando mi móvil me avise de que están arrasando mi aldea (seguro que muchos me entendéis).

Mi radicalismo no me lleva a cerrarme en banda. Son niños rodeados de tecnología, que viven aquí y ahora, que deben integrarla en sus vidas pero cuando toque. Incluso cuando llegue el momento creo que tener un teléfono móvil les puede servir como ejercicio de responsabilidad, una responsabilidad que no les podemos pedir antes de tiempo.

Hablarlo con ellos es fundamental. Explicarles porque sí o porque no, que escuchen opiniones como las de la inspectora de policía de la que os hablaba al principio. Se resisten, protestan, insisten (¡mira que pueden llegar a ser cansinos!) hasta hacer flaquear al padre más reticente… Pero en el fondo entienden los argumentos (siempre que sean sensatos) y sin reconocerlo saben que tenemos razón. Recuerdo que estando mi hija en cuarto de primaria  vino un día del colegio entre escandalizada y asombrada porque al sondear su profesora cuántos en la clase tenían móvil propio, 16 de los 25 alumnos levantaron la mano. Ella misma lo veía como un disparate. Mucho menos cansado para los padres que sentarnos a tratar el tema con los niños es comprarles un móvil a los 9, a los 10, a los 11… No tendremos que escucharlos más pidiéndolo y además tendremos tiempo para nuestras cosas mientras ellos se distraen con su aparatito.

Que se lleven los teléfonos móviles a clase, que pasen tardes enteras enganchados a una conversación, que encuentren más entretenido jugar con el móvil que salir a dar un paseo o jugar. En algo nos estamos equivocando, todos. ¿Es falta de tiempo por nuestra parte? ¿es comodidad por parte de los padres? Ya es normal salir a comer y encontrarte en cada mesa al menos un niño que no levanta la cabeza del teléfono.

Quizás la desconexión debería empezar por nosotros mismos. Cambiar el tiempo que empleamos en ver cuántos me gusta tiene nuestra publicación de Facebook o Instagram por tiempo diciéndoles a los niños lo mucho que nos gustan ellos. Mea culpa. Será que como dice la sabia Mafalda, hay veces que esta vida moderna tiene más de moderna que de vida…

 

Aquí os dejo la entrevista a la que se refiere: http://www.ondacero.es/programas/julia-en-la-onda/audios-podcast/entrevistas/esther-aren-darle-un-smartphone-a-un-nino-de-10-anos-es-como-darle-un-coche-a-200kmh_2016020156af95e94beb28458d26a491.html

 

Su jefe puede ver su correo… ¿y el WhatsApp?

Una sentencia de Estrasburgo vuelve a poner sobre la mesa la cuestión de la privacidad en horas de trabajo en una sociedad siempre conectada

RICARDO DE QUEROL 16 ENE 2016 – 00:00 CET

 

Uno de los problemas del siglo XXI: las fronteras entre la vida privada y laboral son cada vez más difusas. Su usted es uno de esos profesionales que pasan la mayor parte de su tiempo ante un ordenador, y que llevan en el bolsillo un teléfono de los que llaman inteligentes, quizás esté de acuerdo. En el PC del trabajo echa un vistazo al periódico, y en el de su casa repasa documentos de trabajo antes de su reunión del lunes. En su móvil, que es de su empresa, se ha descargado tanto el correo corporativo como el privado (y el Candy Crush). Por WhatsApp le llegan instrucciones de su jefe, peticiones de clientes, bromas de un grupo de amigos del instituto, avisos sobre el partido de baloncesto de su hija. Los que trabajamos con la información la rastreamos a menudo en Facebook o Twitter, pero noticias y análisis aparecen en medio de chistes malos, frases cursis de Paulo Coelho y fotos de gatitos. Cuando llama por teléfono desde la oficina a su pareja no siempre es para dar el aviso rápido de que llegará tarde. Tampoco es raro que le contacten por cuestiones laborales, vía voz o datos, por la noche o durante el fin de semana.

Es lo que tiene vivir siempre conectados. En estos tiempos frenéticos pueden chocar dos intereses: el derecho (fundamental) a la intimidad y al secreto de las comunicaciones y la potestad de las empresas de controlar qué hacen sus trabajadores. El Tribunal Europeo de Derechos Humanos ha dictado una sentencia que habrá sobresaltado a muchos: las compañías pueden acceder a las herramientas informáticas, como el correo electrónico, que pone a disposición de plantilla. Resuelve así el recurso de un ingeniero rumano, despedido por chatear con su familia a través de una cuenta corporativa de Yahoo Messenger. No es una doctrina sorprendente: en España tanto el Tribunal Supremo como el Constitucional han avalado que las empresas accedan al correo de sus empleados si estos han sido advertidos de la prohibición de uso personal de esos medios y de su posible supervisión. ¿Y si ese trabajador hubiera utilizado sin parar una cuenta privada del Messenger o de WhatsApp en el trabajo? La sentencia destaca que no se dio el caso: la empresa solo vigiló el uso de la cuenta profesional, lo que considera “proporcionado”.

No hace falta que corra a borrar todos los mensajes no estrictamente profesionales que se acumulan en su email o en su teléfono. La sentencia tampoco da barra libre para que sus jefes espíen cada uno de sus movimientos, cosa que, por cierto, sí hacen su operador de telefonía, Google y hasta los servicios de inteligencia estatales, como supimos tras el caso Snowden. El sentido común indicaría que solo cabe esa intervención ante casos graves de abuso de confianza, pero es dudoso que ese fuera el caso del ingeniero. Podemos añadir a la discusión otro elemento muy actual: la necesidad de conciliar la vida laboral y familiar. No es razonable que le exijan un aislamiento absoluto de su entorno personal durante unas jornadas de trabajo que en España son muy prolongadas. Por si acaso, un consejo: no ponga por escrito lo que no quisiera que vea su jefe (o su Gobierno). La privacidad no es un valor seguro en tiempos digitales.

http://elpais.com/elpais/2016/01/15/opinion/1452881206_328101.html

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